| Bajo Reserva Periodistas de EL UNIVERSAL 11 de agosto de 2007 |
Desde el minuto uno del accidente en el que al menos seis trabajadores quedaron atrapados —tres de ellos mexicanos—, en la mina de carbón Crandall Canyon en Huntington, Utah (Estados Unidos), su dueño, Robert Murray, acudió al lugar del siniestro. Primero, para dar la cara, pues se trata de su propia empresa. Después, para colaborar con las autoridades y los expertos mineros en las labores de rescate. Y, por último, para no rehuir a sus responsabilidades y ofrecer garantías a los familiares. Murray incluso mostró compasión por todos los mineros bajo tierra y, especialmente, por los mexicanos, a quienes se refirió como trabajadores altamente experimentados y capaces. ¿Le suena familiar? En febrero de 2006, en México, 65 trabajadores quedaron enterrados tras una fuerte explosión en la mina de Pasta de Conchos, en Coahuila. Su propietario, Germán Larrea, dueño de Industrial Minera México, ni siquiera se apareció en el lugar del accidente ni reconfortó personalmente a los deudos cuando más lo necesitaban. “Estará cuidando sus inversiones”, dijo entonces el obispo de Saltillo, Raúl Vera. Será que sí.
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